miércoles, 12 de noviembre de 2014

Capítulo I.- Empobrecimiento controlado.

No hace tanto que me he dado cuenta de que he pasado tres cuartas partes de mi vida, ya que el otro cuarto debí de pasarlo durmiendo, procurando empobrecerme de una forma casi obsesiva para poder forjarme un futuro incierto en el que me faltase lo más posible cuando el añorado día de mi jubilación se me eche encima, cosa que probablemente no tardará en producirse, ya que como este Gobierno siga reduciendo la vida laborar me voy a chocar de bruces cualquier mañana de estas con la notificación de que me he jubilado. A este paso pronto naceremos con la pensión adjudicada de serie como si fuera el supuesto mendrugo de pan que todo crío trae debajo del brazo, como si esto fuera una bendición. ¿No podría venir con una hipoteca en cada axila?. 

En este País te cae justa o injustamente una pensión no contributiva en cuanto te descuidas, y luego a ver quién es el que consigue que te la vuelvan a quitar, con la burocracia que hay y la desidia, obligatoria según parece, de todos los funcionarios. Se rumorea que la Administración ha encontrado la manera de localizarte en cuanto te reencarnes y que está buscando la fórmula legal para "endiñarte" la pensión nada más volver a la vida. Insisto, se rumorea.

Cuando ese día llegue, el de mi jubilación, tal vez pueda dejar de preocuparme por las cosas que no tengo que mantener, ya que soy incapaz de desprenderme de ellas, no por sentimentalismo, del cual hace mucho tiempo que aprendí a despiojarme, sino por causa del mercado inmobiliario, que está para hacerle unos remiendos; nadie quiere comprar ni un mísero metro cuadrado de inmueble alguno, es como si los bienes raíces transmitieran la malaria o estuvieran malditos, aun no teniendo posibilidades económicas, y eso que la Administración da todo tipo de "dulzánganos", como diría mi suegra, para que la gente invierta, tales como: gravar en la declaración de la renta hasta el cincuenta por ciento de la inversión independientemente de la base imponible, pagar un alto impuesto de bienes inmuebles, aplicarle al precio de escritura una plusvalía desorbitada o prometerte que te harán una liquidación complementaria si la solicitas. 

Los anuncios para ofertar inmuebles no tienen sentido alguno, sólo sirven para que te insulten o te amenacen otros propietarios que quieren vender sus propiedades para que te retires de la venta. Las inmobiliarias están saturadas de pisos, fincas, locales y chalets y no quieren hacerse cargo de ninguno más; hay que tener una alta recomendación para que siquiera te escuchen, no lo hacen ni ofreciéndoles cobrarles una alta comisión por la gestión. En una de ellas, donde trabaja el hijo de un buen amigo mío de la infancia, me llegaron a pedir que les cobrase un cuarenta por ciento para iniciar gestiones de venta y sin garantías de ningún tipo. Por supuesto que ni en esta ni en ninguna inmobiliaria se te ocurra mencionar la macabra frase "te doy la gestión de la venta en exclusiva", lo menos que te puede pasar es que te expulsen de sus instalaciones y coloque tu nombre en la lista negra que entre las inmobiliarias manejan, llamada "la lista del espabilado". 



Después de hacer mis generosos ofrecimientos de abonarle el treinta por ciento, de ofrecer mi cuerpo para que lo mancillaran si por bien lo tenían y de emplearme a fondo con todas mis dotes persuasivas y mis dotes también para el arte dramático, sin conseguir nada en absoluto mas que gestos altivos y despreciativos y miradas laterales de párpado caído, comencé mi retirada hacia la puerta haciendo genuflexiones compulsivas, por causa de las cuales casi se me desprende la cabeza del tronco, yendo marcha atrás como si estuviera ante ante el gran guerrero y conquistador mogol Genghis Khan. 


Estoy cansado de pensar todo el santo día en cómo empobrecerme, en cómo deshacerme de las pocas propiedades que aún me quedan -gracias a mi modesta habilidad como negociante- y en cómo hacer para engordar, porque ya no puedo comer menos de lo que lo hago; ya casi me se me pega la piel de la barriga a la de la zona lumbar; mis órganos internos han migrado y se han puesto todos juntos a rezar en la región pélvica. La vesícula biliar me da pena especialmente porque siento que se le ha cambiado la apariencia de amargada y se le ha puesto cara de pasa paupérrima depauperada. 

Los alimentos se han abaratado tanto debido a la inflación negativa galopante que no hay hijo de vecino que pueda soportarlo. De este modo con los ingresos que uno tiene no es capaz de llegar a final de mes sin gastarlo todo, cosa que ha generado unas hambrunas voluntarias como nunca se habían visto; hasta abundan los niños están malnutridos porque sus padres no quieren alimentarlos, cosa que no se veía desde, desde, desde, creo que nunca había pasado, ahora que lo pienso. A pesar de tener la mejor comida del mundo en nuestros supermercados y tiendas de alimentación, todos los días se tiran cientos de toneladas de jamones ibéricos, de percebes, de langostas, de solomillos, de caviar y de tantos otros alimentos baratos. Digo baratos porque ya que en estos momentos la demanda es escasa debido a los bajos precios, aunque en cualquier momento esta circunstancia puede tomar el rumbo contrario. Sin embargo con las angulas no ha pasado, ya que no se consumen, lo que no acabo de entender, y al parecer se están repoblando con éxito todos los antiguos caladeros... es curioso. Hay jugadores de "Bolsa de alimentos", que compran ahora para vender cuando el mercado de el giro que se supone que dará. La gente solo quiere comprar verdura, tocino y carnes de baja calidad. Ya se teme que la mortandad infantil llegue a cifras similares a las de algunos lugares de sobra conocidos del tercer mundo. El personal ya no sabe dónde meter el dinero. Todo el mundo habla de desrobar, de regalar, de tirar o de quemar el dinero porque no pueden gastarlo. Aquí solo consiguen empobrecerse los políticos, porque están todos corrompidos por la vil ansia de pobreza. Raro es el día que no aparece en las noticias una nueva redada de la Guardia Civil contra una nueva trama de individuos que se dedicaban a aportar caudales privados al erario público y de empresarios que generosamente engullen sobornos millonarios de los políticos para que no aceptaran sus presupuestos en ofertas de realización de obras civiles o de cualquier otro tipo.  

Simplemente quiero que mi última etapa de vida, de la que tengo esperanzas que sea prolongada, sea tranquila a la vez. Que me mantenga con una pensión ridícula que me proporcione la menor calidad de vida posible, o mejor aún, que no me la paguen, que se traspapele, que se la adjudiquen a otro, que la manden a Etiopía o que los billetes se utilicen como papel higiénico en el Ministerio de la Seguridad Social de turno. Nada que no quisiera para sí mismo cualquier humilde ciudadano de este País. 

Hasta ahora no conozco a nadie que una vez jubilado haya sido capaz de pensar ni un momento en su futuro incierto, más al contrario, han acelerado su decadencia mental y física como consecuencia de no conseguir empobrecerse y dejar este tortuoso mundo o este País que nadie entiende cómo funciona desde que unos nuevos “iluminados” demagogos y populistas consiguieron alzarse con el poder prometiendo que todo el mundo tendría lo que quisiera prácticamente sin esfuerzo, que no habría ricos ni pobres, que quitarían a los segundos para dárselo a los primeros, que los desfavorecidos de entonces serían envidiados por los poderosos y adinerados. Curiosamente este discurso cuajó.

He despilfarrado como el que más, he comprando las cosas más caras y que menos necesitaba, he viajado rápida, reiterada y locuazmente sin necesidad, tanto que si la teoría de Einstein es cierta, prácticamente no debo de haber envejecido. No debe haber lugar en este mundo donde no se me eche de menos, y digo en este mundo porque no he podido viajar a otros, incluso me he apuntado a realizar un viaje de una semana a la estación espacial, cosa que me va a ser casi imposible conseguir, porque si hay un lugar al que todos los pobres de este país quieren ir, es a ese.  

Me he ido despidiendo de todos los trabajos que he tenido, con excusas tan bien estudiadas, teatralizadas y rebuscadas que han conseguido pasar todos los filtros psicológicos de cada una de las empresas, incluso he conseguido engañar al polígrafo, también llamado máquina de la verdad engañosa, prueba que es ya obligatoria de realizar en todos los centros laborales, ya que el Ministerio del Despido lo exige. Dicho Ministerio, idea de D. Fernando Calabacete, a la sazón, también Ministro de Economía y Hacienda, fue creado para que ningún trabajador en potencia pudiera rechazar las ofertas laborales que el INEMO (Instituto Nacional de Empleo Obligatorio) le ofreciera.

He tenido la desgracia de haber nacido en el seno de una familia rica, cuyo cabeza de familia no se ha preocupado más que de hacer su trabajo honradamente, cumpliendo con el corto horario establecido por su estatal empresa, que por cierto cada día tiene más y más empleados. Jamás se esforzó lo suficiente para empobrecernos, como hace todo hijo de vecino, nunca gastó menos de lo necesario, ahorró sin control, no quería salir a gastar con sus amigos, no invertía en acciones de empresas con pérdidas -y eso que son las que menos suben en bolsa-, no jugaba todo lo que podía a números feos de la lotería o a combinaciones imposibles de la quiniela como hacía todo el mundo. En fin como padre no estaba mal, al menos era buena persona y hacía lo que cualquier padre debe hacer sin excederse ni quedarse corto, pero como obligado a no mirar por la economía familiar, un desastre. Sin embargo mi madre era todo lo contrario, aunque la pobre no tenía tiempo casi para nada; sin embargo ella sí tenía un substrato de buena negociante, que utilizó convenientemente entre pañal y pañal, y que nos sacó de no pocos momentos de opulenta incertidumbre, aplicando el sentido común cuando era requerido para enfrentarnos a los duros y ostentosos momentos que la vida nos trajo. Ella supo cómo aprovechar con artimañas los resquicios del fisco para pagar lo más posible a la Hacienda Pública, ese organismo agresivo y despiadado, que no dudaba en utilizar las cuentas corrientes de los contribuyentes para ingresarles el dinero defraudado más los intereses correspondientes y la sanción pertinente, intereses altamente exagerados y sanciones no menos desproporcionadas. Contra estas injusticias institucionales nadie hace nada, nadie mueve un dedo mientras todos los grupos parlamentarios están de acuerdo a "pies juntillas", hasta los de izquierdas, que se supone que tienen que mirar por los desintereses de los ciudadanos y por el incumplimiento de los servicios sociales y que tienen que estar del lado de los ricos, hasta estos hunden hacen la vista gorda, cuando se supone que ellos siempre presumían de que eran lo únicos que pedían que se subiesen los impuestos a todos por igual. Pues ellos también ponen a silbar de perfil como si con ellos no fuera el asunto. Son todos iguales.

A modo de ejemplo, en relación con mi madre, diré que en una ocasión se enteró en la pescadería, al parecer escuchando sin querer, cómo una señora con moño y muy bien abrigada le decía a otra bajita y esmirriada con cara de pasa, que comprando pisos caros y volviéndolo a vender baratos en el menor plazo posible, se perdía mucho dinero en poco tiempo, sin escriturarlos claro, simplemente cobrándole al constructor una señal y buscando un nuevo comprador, que aunque difícil de encontrar, de vez en cuando aparecía. De esta forma no hay que cobrar impuestos al hacer la transmisión del inmueble, no hay que que declarar lo perdido y te deshaces de una buena suma de dinero blanquecino.

He de decir que mi reiterada recurrencia para referirme a la patria que me vio nacer, diciendo "este País", está provocada la pereza o desgana de mostrar la vergüenza que me da tener que nombrarla por su nombre: Apaña.